“Plazas Vegas, una víctima en cumplimiento de su misión”

La  libertad y la declaración de inocencia del coronel Alfonso Plazas Vega llegaron tarde, pero reforzadas con todo el simbolismo que siempre tuvo la porfía de esta víctima en el cumplimiento de su misión y su verdad para ponerle freno al terrorismo, primero, y al narcotráfico, después. Al  coronel en retiro las intrigas que derivaron de su firmeza le granjearon una persecución implacable de sus enemigos, la cárcel para él, el exilio para sus hijos y la anulación de la posibilidad de un ascenso al grado máximo del orden castrense, al que sirvió con el valor personal y el honor que se le exige al soldado.

Se negó a pedir perdón con razones claras y siguió reclamando esa justicia que se hundía en los vericuetos y la tortuosidad de un proceso que pareció sacado de un texto de realismo mágico o del absurdo de Franz Kafka, por parte de quienes obraron cegados de ideología disolvente y la búsqueda de venganza sobre éste y todos los soldados que acatan el mandamiento de la institucionalidad en lo que hace a defender la ley, la democracia y la ciudadanía. Lo ocurrido con Plazas Vega no hace más que demostrar que los verdaderos enemigos de la paz y la reconciliación medran y se confabulan dentro de las instituciones, en tanto que, al tiempo, sus reservas morales también están allí presentes. La absolución es demostración de esto último.

Para aplastar la defensa de Plazas Vega en su argumentación vertical sobre su inocencia en el tema de los presuntos desaparecidos y de la responsabilidad que le cupo en la primera línea de combate dentro de una estructura piramidal como es la fuerza armada, se acudió a escabrosos argumentos por fuera de toda sindéresis. Se fabricaron testigos, se jugó con cronologías falsas, tanto como a hechos fictos de modo y lugar para que la estulticia convertida en presunción de verdad terminase llenando de culpas a quienes cumplieron con su obligación, en giro simultáneo con la intención de atenuar la desmesura en el accionar de los responsables de la acción subversiva sobre el Palacio de Justicia, en 1985.

La decisión de absolver a Plazas muestra que aún quedan jueces y magistrados honestos, capaces de eludir las presiones en contra para respaldar juicios y procesos amañados. En contraposición, quedan sin piso los presidentes que piden perdón a nombre de un Estado que fue víctima del terrorismo. Así mismo, quedan bajo la vindicta de la historia y de la propia justicia una fiscal y una jueza, entre otros operadores visibles de la perversa condena que mantuvo en prisión al coronel Plazas durante ocho años. En estos y en el terrorismo es donde están las lacras visibles que avergüenzan al país y es hacia allá a donde debe mirar la justicia.

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